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  6.Daniel 8:14 La providencia de Dios
 

 

 
Libros de Elena G de White

Cristo en su Santuario


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6.Daniel 8:14, la Providencia de Dios:



La obra de Dios en la tierra presenta, siglo tras siglo, sorprendente analogía en cada gran reforma o movimiento religioso.   Los principios que rigen el trato de Dios con los hombres son siempre los mismos.   Los movimientos importantes de hogaño concuerdan con los de antaño, y la experiencia de la iglesia en tiempos que fueron encierran lecciones de gran valor para los nuestros.

Ninguna verdad se enseña en la Biblia con mayor claridad que aquella de que, por medio de su Espíritu Santo, Dios dirige especialmente a sus siervos en la tierra en los grandes movimientos en pro del adelanto de la obra de salvación.   Los hombres son en mano de Dios instrumentos de los que él se vale para realizar sus propósitos de gracia y misericordia.  Cada cual tiene su papel que desempeñar; a cada cual se le ha concedido cierta medida de luz adecuada a las necesidades de su tiempo, y suficiente para permitirle cumplir la obra que Dios le asignó.  Sin embargo, ningún hombre, por mucho que lo haya honrado el Cielo, alcanzó jamás a comprender completamente el gran plan de la redención, ni siquiera a apreciar debidamente el propósito divino en la obra para su propia época.  Los hombres no entienden por completo lo que Dios quisiera cumplir por medio de la obra que les encomienda; no entienden, en todo su alcance, el mensaje que proclaman en su nombre . . .

Ni siquiera los profetas que fueron favorecidos por la iluminación especial del Espíritu comprendieron del todo el alcance de las revelaciones que les fueron concedidas.  Su significado debía ser aclarado, de siglo en siglo, a medida que 79 el pueblo de Dios necesitase la instrucción contenida en ellas . . .

No obstante, a pesar de no haber sido dado a los profetas que comprendieran enteramente las cosas que les fueron reveladas, procuraron con fervor toda la luz que Dios había tenido a bien manifestar.  "Inquirieron y diligentemente indagaron.
. . escudriñaron qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos".  ¡Qué lección para el pueblo de Dios en la era cristiana, para cuyo beneficio estas profecías fueron dadas a sus siervos!  "A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas".   Considerad a esos santos hombres de Dios que "inquirieron y diligentemente indagaron" tocante a las revelaciones que les fueron dadas para generaciones que aún no habían nacido.  Comparad su santo celo con la indiferencia con que los favorecidos en edades posteriores trataron este don del Cielo.  ¡Qué censura contra la apatía, amiga de la comodidad y de la mundanalidad, que se contenta con declarar que no se pueden entender las profecías!

La experiencia de los apóstoles constituye una lección objetiva

Si bien es cierto que la inteligencia de los hombres no es capaz de penetrar en los consejos del Eterno, ni de comprender enteramente el modo como se cumplen sus designios, el hecho de que le resulten tan vagos los mensajes del Cielo se debe con frecuencia a algún error o descuido de su parte.  A menudo la mente del pueblo -y hasta de los siervos de Dios- es ofuscada por las opiniones humanas las tradiciones y las falsas enseñanzas de los hombres, de suerte que éste no alcanza a comprender más que parcialmente las grandes cosas que Dios reveló en su Palabra.   Así les pasó a los discípulos de Cristo cuando el mismo Señor estaba con ellos en persona.   Su espíritu estaba dominado por la creencia popular de que el Mesías sería un príncipe terrenal, que 80 exaltaría a Israel a la altura de un imperio universal, y no pudieron comprender el significado de sus palabras cuando les anunció sus padecimientos y su muerte.

El mismo Cristo los envió con el mensaje: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios: arrepentíos, y creed el Evangelio" (Mar. 1: 15, VM).  El mensaje se fundaba en la profecía del capítulo noveno de Daniel.  El ángel había declarado que las sesenta y nueve semanas alcanzarían "hasta el Mesías Príncipe", y con grandes esperanzas y gozo anticipado los discípulos anhelaban que se estableciera en Jerusalén el reino del Mesías que debía extenderse por toda la tierra.

Predicaron el mensaje que Cristo les había confiado aun cuando ellos mismos entendían mal su significado.  Aunque su mensaje se basaba en Daniel 9: 25, no notaron que, según el versículo siguiente del mismo capítulo, el Mesías iba a ser muerto.  Desde su más tierna edad la esperanza de su corazón se había cifrado en la gloria de un futuro imperio terrenal, y eso les cegaba la inteligencia con respecto tanto a los datos de la profecía como a las palabras de Cristo.

Cumplieron su deber presentando a la nación judaica el llamamiento misericordioso, y luego en el momento mismo cuando esperaban ver a su Señor ascender al trono de David, lo vieron aprehendido como malhechor, azotado, escarnecido, condenado y levantado en la cruz del Calvario.  ¡Qué desesperación y qué angustia desgarraron los corazones de esos discípulos mientras su Señor dormía en la tumba!

Cristo había venido en el tiempo exacto y en la manera como lo anunciaba la profecía.   El testimonio de las Escrituras se había cumplido en cada detalle de su ministerio.   Había predicado el mensaje de salvación, y "su palabra tenía autoridad".  Los corazones de sus oyentes habían atestiguado que el mensaje venía del Cielo.   La Palabra y el Espíritu de Dios confirmaban el carácter divino de la misión de su Hijo . . .

Lo que los discípulos habían anunciado en nombre de su Señor, era exacto en todo sentido, y los acontecimientos 81 predichos estaban realizándose en ese mismo momento.  "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", había sido el mensaje de ellos.  Transcurrido "el tiempo": Las sesenta y nueve semanas del capítulo noveno de Daniel debían extenderse hasta el Mesías, "el Ungido" -Cristo había recibido la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán-, y el "reino de Dios", que habían declarado estar próximo, se estableció mediante la muerte de Cristo.  Este reino no era un imperio terrenal, como se les había enseñado a creer.   No era tampoco el reino venidero e inmortal que se establecerá cuando "el reino, y el dominio, y el señorío de los reinos por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de los santos del Altísimo"; ese reino eterno en que "todos los dominios le servirán y le obedecerán a él" (Dan. 7: 27, VM).   La expresión "reino de Dios", tal cual la emplea la Biblia, significa tanto el reino de la gracia como el de la gloria.  San Pablo presenta el reino de la gracia en la epístola a los Hebreos.  Después de haber hablado de Cristo como del intercesor que puede "compadecerse de nuestras flaquezas", el apóstol dice: "Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia" (Heb. 4: 16).  El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un trono presupone la existencia de un reino.   En muchas de sus parábolas Cristo emplea la expresión "el reino de los cielos", para designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres.

Asimismo el trono de la gloria representa el reino de la gloria, y a ese reino se refería el Salvador en las palabras: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y serán reunidos delante de él todas las gentes" (Mat. 25: 31, 32).  Este reino está aún por venir.  Se establecerá en ocasión del segundo advenimiento de Cristo.

El reino de la gracia fue instituido inmediatamente después de la caída del hombre, cuando se ideó un plan para la redención de la raza culpable.   Este reino existía entonces en 82 el designio de Dios y por su promesa, y mediante la fe los hombres podían llegar a ser sus súbditos.   Sin embargo, no fue establecido en realidad hasta la muerte de Cristo.   Aun después de haber iniciado su misión terrenal, el Salvador, cansado de la obstinación y la ingratitud de los hombres, habría podido retroceder ante el sacrificio del Calvario.   En el Getsemaní la copa del dolor le tembló en la mano.   Aun entonces hubiera podido enjugar el sudor de sangre de su frente y dejar que la raza culpable pereciera en su iniquidad.  Si así lo hubiera hecho, no habría habido redención para la humanidad caída.   Pero cuando el Salvador rindió la vida y exclamó con su último aliento: "Consumado es", entonces el cumplimiento del plan de redención quedó asegurado.   La promesa de salvación hecha a la pareja culpable en el Edén quedó ratificada.   El reino de la gracia, que hasta entonces existía por la promesa de Dios, quedó establecido.

Así, la muerte de Cristo -el mismo acontecimiento que los discípulos habían considerado como la ruina final de sus esperanzas fue lo que las aseguró para siempre.   Si bien es verdad que esa muerte fue para ellos un cruel desengaño, no dejaba de ser la prueba suprema de que su creencia había sido bien fundada.   El acontecimiento que los había llenado de tristeza y desesperación fue lo que abrió para todos los hijos de Adán la puerta de la esperanza, en la cual se concentraban la vida futura y la felicidad eterna de todos los fieles siervos de Dios de todas las edades . . .

Después de su resurrección, Jesús apareció a sus discípulos en el camino a Emaús, y "comenzando desde Moisés y todos los profetas, les iba interpretando en todas las Escrituras las cosas referentes a él mismo" (Luc. 24: 27, VM).  Los corazones de los discípulos se conmovieron.   Su fe se reavivó.   Fueron reengendrados "en esperanza viva", aun antes que Jesús se revelara a ellos.   El propósito de éste era iluminar sus inteligencias y fundar su fe en la "palabra profética" "más firme".   Deseaba que la verdad se arraigara firmemente en su espíritu, no sólo porque era sostenida por su testimonio personal, sino a causa de las pruebas evidentes 83 suministradas por los símbolos y sombras de la ley ceremonial, y por las profecías del Antiguo Testamento.   Era necesario que los discípulos de Cristo tuvieran una fe inteligente, no sólo en beneficio propio, sino para comunicar al mundo el conocimiento de Cristo.   Y como primer paso en la comunicación de ese conocimiento, Jesús dirigió a sus discípulos a "Moisés y a todos los profetas".   Tal fue el testimonio dado por el Salvador resucitado en cuanto al valor e importancia de las Escrituras del Antiguo Testamento.

¡Qué cambio fue el que se efectuó en los corazones de los discípulos cuando contemplaron una vez más el amado semblante de su Maestro! (Luc. 24: 32.)  En un sentido más completo y perfecto que nunca antes, habían hallado "a Aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas".   La incertidumbre, la angustia, la desesperación dejaron lugar a una seguridad perfecta, a una fe serena.  ¿Qué puede sorprendernos, entonces, que después de su ascensión ellos estuvieran "siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios"?  El pueblo, que no tenía conocimiento sino de la muerte ignominiosa del Salvador, observaba para descubrir en sus semblantes una expresión de dolor, confusión y derrota; pero sólo veía en ellos alegría y triunfo.  ¡Qué preparación habían recibido para la obra que les esperaba! . . .

La lección de 1844

Lo que experimentaron los discípulos que predicaron el "Evangelio del reino" cuando vino Cristo por primera vez, tuvo su contraparte en lo que experimentaron los que proclamaron el mensaje de su segundo advenimiento.   Así como los discípulos fueron predicando: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", así también Miller y sus asociados proclamaron que estaba a punto de terminar el período profético más largo y el último de que habla la Biblia, que el juicio era inminente y que el reino eterno iba a ser establecido.  La predicación de los discípulos en cuanto al tiempo se basaba en las setenta semanas del 84 capítulo noveno de Daniel.  El mensaje proclamado por Miller y sus colaboradores anunciaba la conclusión de los 2.300 días de Daniel 8: 14, de los cuales las setenta semanas forman parte.   En cada caso la predicación se fundaba en el cumplimiento de una parte diferente del mismo gran período profético.

Como los primeros discípulos, Guillermo Miller y sus colaboradores no comprendieron ellos mismos enteramente el alcance del mensaje que proclamaban.   Los errores que existían desde hacía largo tiempo en la iglesia les impidieron interpretar correctamente un punto importante de la profecía.   Por eso, si bien proclamaron el mensaje que Dios les había confiado para que lo dieran al mundo, sufrieron un desengaño debido a un falso concepto de su significado.

Al explicar Daniel 8: 14: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario", Miller, como ya lo hemos dicho, aceptó la creencia general de que la tierra era el santuario, y creyó que la purificación de éste representaba la purificación de la tierra por el fuego en ocasión de la venida del Señor.   Por consiguiente, cuando echó de ver que el fin de los 2.300 días estaba predicho con precisión, sacó la conclusión de que esto revelaba el tiempo del segundo advenimiento.  Su error provenía de que había aceptado la creencia popular relativa a lo que constituye el santuario.

En el sistema simbólico -que era sombra del sacrificio y del sacerdocio de Cristo- la purificación del santuario era el último servicio efectuado por el sumo sacerdote en el ciclo anual de su ministerio.   Era el acto final de la obra de expiación, una remoción o eliminación del pecado de Israel.   Prefiguraba la obra final del ministerio de nuestro Sumo Sacerdote en el cielo, en el acto de borrar los pecados de su pueblo, consignados en los libros celestiales.   Este servicio presupone una obra de investigación, una obra de juicios y precede inmediatamente a la venida de Cristo en las nubes del cielo con gran poder y gloria, pues cuando él venga, la causa de cada uno habrá sido fallada.  Jesús dice: "Mi galardón está 85 conmigo, para dar la recompensa a cada uno según sea su obra" (Apoc. 22: 12, VM).   Esta obra de juicio, que precede inmediatamente al segundo advenimiento, es la que se anuncia en el primer mensaje angelical de Apocalipsis 14: 7: "¡Temed a Dios y dadle honra; porque ha llegado la hora de su juicio!" (VM).

Los que proclamaron esta amonestación dieron el debido mensaje a su debido tiempo.  Pero así como los primeros discípulos declararon: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", fundándose en la profecía de Daniel 9, sin darse cuenta de que la muerte del Mesías estaba anunciada en el mismo pasaje bíblico, así también Miller y sus colaboradores predicaron el mensaje fundado en Daniel 8: 14 y Apocalipsis 14: 7 sin echar de ver que el capítulo 14 de Apocalipsis implicaba otros mensajes que también debía ser proclamados antes del advenimiento del Señor.  Como los discípulos se equivocaron en cuanto al reino que debía establecerse al fin de las setenta semanas, así también los adventistas se equivocaron en cuanto al acontecimiento que debía producirse al fin de los 2.300 días.   En ambos casos la circunstancia de haber aceptado errores populares, o mejor dicho de haberse adherido a ellos, fue lo que impidió que vieran la verdad.  Ambos grupos cumplieron la voluntad de Dios al proclamar el mensaje que él deseaba fuera anunciado, y ambos, debido a su comprensión equivocada del mensaje, sufrieron desengaños.

Sin embargo, Dios cumplió su propósito misericordioso al permitir que el juicio fuese proclamado precisamente como lo fue.   El gran día estaba cercano, y en la providencia de Dios sus hijos fueron probados con respecto a un tiempo definido, a fin de que se manifestara lo que había en sus corazones.   El mensaje tenía por objeto probar y purificar la iglesia.   Los hombres debían ser inducidos a ver si sus afectos dependían de las cosas de este mundo o de Cristo y el Cielo.   Profesaban amar al Salvador; debían, pues, probar su amor.  ¿Estarían dispuestos a renunciar a sus esperanzas y ambiciones mundanas, para saludar con gozo el advenimiento de 86 su Señor?  El mensaje tenía por objeto hacerles ver su verdadero estado espiritual; fue enviado misericordiosamente para despertarlos a fin de que buscaran al Señor con arrepentimiento y humillación.

Además, si bien el desengaño fue el resultado de una comprensión equivocada del mensaje que anunciaban, Dios iba a encaminar todo para bien.  Los corazones de los que habían profesado recibir la amonestación iban a ser probados.  En presencia de su desengaño, ¿se apresurarían a renunciar a su experiencia y a abandonar su confianza en la Palabra de Dios, o con oración y humildad procurarían descubrir en qué puntos no habían comprendido el significado de la profecía? ¿Cuántos habían obrado por temor o por impulso y arrebato? ¿Cuántos eran de corazón indeciso e incrédulo?  Muchos profesaban anhelar el advenimiento del Señor.   Al tener que sufrir las burlas, el oprobio del mundo y la prueba de la demora y del desengaño, ¿renunciarían a su fe?  Porque no pudieron comprender de inmediato los caminos de Dios para ellos, ¿rechazarían verdades confirmadas por el testimonio más claro de su Palabra?

Esta prueba revelaría la fortaleza de los que con verdadera fe habían obedecido lo que creían ser la enseñanza de la Palabra y el Espíritu de Dios.  Ella les enseñaría, como sólo esa experiencia lo podía hacer, el peligro que hay en aceptar las teorías e interpretaciones de los hombres en lugar de dejar que la Biblia se interprete a sí misma.   La perplejidad y el dolor que iban a resultar de su error producirían en los hijos de la fe el escarmiento necesario.   Los inducirían a profundizar aún más el estudio de la palabra profética.  Aprenderían a examinar más detenidamente el fundamento de su fe, y a rechazar todo lo que no estuviera fundado en la verdad de las Sagradas Escrituras, por muy amplia que fuese su aceptación en el mundo cristiano.

A estos creyentes les pasó lo que a los primeros discípulos: Lo que en la hora de la prueba parecía oscuro a su inteligencia, les fue aclarado después.  Cuando vieron "el fin del Señor", supieron que a pesar de la prueba que resultó de 87 sus errores, los propósitos del amor divino hacia ellos no habían dejado de seguir cumpliéndose.   Merced a tan bendita experiencia llegaron a saber que "el Señor es muy misericordioso y compasivo"; que todos sus caminos "son misericordia y verdad, para los que guarden su pacto y sus testimonios" (El Gran Conflicto, págs. 391-403).

PREGUNTAS PARA MEDITAR

1. ¿Qué verdad se enseña con mucha claridad en la Biblia? (pág. 78.)
2. Los siervos de Dios, incluyendo a los profetas, ¿hasta qué punto comprendieron sus mensajes y su obra? (Pág. 78.)
3. ¿Por qué los hombres tan a menudo son tan lentos para comprender los mensajes del cielo? (Págs. 79, 80.)
4. Aunque el mensaje proclamado por los discípulos de Jesús era correcto, ¿qué los condujo a los conceptos erróneos que finalmente provocaron su chasco? (Págs. 80, 81.)
5. ¿Qué dos aplicaciones tiene el término bíblico "reino de Dios"? ¿Cuándo se establecerían esos reinos? (Págs. 81,  82.)
6. ¿Qué método usó Jesús para lograr que sus discípulos tuvieran una correcta comprensión de su misión y de su obra? (Págs. 82, 83.)
7. Mencione algunos paralelismos que pueden extraerse de la experiencia de los discípulos y de los creyentes adventistas de 1844. (Págs. 83-86.)
8. ¿Qué dos lecciones vitales aprendieron los desilusionados adventistas de 1844? (Págs. 85, 86.) 88
 




  

 
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