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  4.Prefacio.Cristo,nuestra Justicia
 

 

 
Libros de Elena G de White

Fe y Obras


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4.Cristo,nuestra Justicia:



 (Un tema presentado en 1883)

Disertación matinal para los ministros reunidos en el congreso de la Asociación General, en Battle Creek, Michigan, en noviembre de  1883.  Publicada en la edición de 1892 de Gospel Workers [Obreros evangélicos] páginas 411, 415, y en Mensajes selectos, tomo 1, páginas 411, 415. 
 
"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1: 9).

Dios requiere que confesemos nuestros pecados y humillemos nuestro corazón ante El.  Pero al mismo tiempo debiéramos tenerle confianza como a un Padre tierno que no abandonará a los que ponen su confianza en El.  Muchos de nosotros caminamos por vista y no por fe.  Creemos en las cosas que se ven, pero no apreciamos las preciosas promesas que se nos dan en la Palabra de Dios.  Sin embargo, no podemos deshonrar a Dios más decididamente que mostrando que desconfiamos de lo que El dice, y poniendo en duda si el Señor nos habla de verdad o nos está engañando.

Dios no nos abandona por causa de nuestros pecados.  Quizás hayamos cometido errores y contristado a su Espíritu, pero cuando nos arrepentimos y acudimos a El con corazón contrito, no nos desdeña.  Hay estorbos que deben ser removidos.  Se han fomentado sentimientos equivocados y ha habido orgullo, suficiencia propia, impaciencia y murmuraciones.  Todo esto nos separa de Dios.  Deben confesarse los pecados: debe haber una obra más profunda de la 35 gracia en el corazón.  Los que se sienten débiles y desanimados deben llegar a ser hombres fuertes en Dios y deben hacer una noble obra para el Maestro.  Pero deben proceder con altura; no deben ser influidos por motivos egoístas.

Los méritos de Cristo son nuestra única esperanza

Debemos aprender en la escuela de Cristo.  Sólo su justicia puede darnos derecho a una de las bendiciones del pacto de la gracia.  Durante mucho tiempo hemos deseado y procurado obtener esas bendiciones, pero no las hemos recibido porque hemos fomentado la idea de que podríamos hacer algo para hacernos dignos de ellas.  No hemos apartado la vista de nosotros mismos, creyendo que Jesús es un Salvador viviente.  No debemos pensar que nos salvan nuestra propia gracia y nuestros méritos.  La gracia de Cristo es nuestra única esperanza de salvación.  El Señor promete mediante su profeta: "Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar" (Isa. 55: 7).  Debemos creer en la promesa en sí, y no aceptar un sentimiento como si fuera fe. Cuando confiemos plenamente en Dios, cuando descansemos sobre los méritos de Jesús como en un Salvador que perdona los pecados, recibiremos toda la ayuda que podamos desear.

Miramos a nuestro yo como si tuviéramos poder para salvarnos a nosotros mismos, pero Jesús murió por nosotros porque somos impotentes para hacer eso.  En El están nuestra esperanza, nuestra justificación, nuestra justicia.  No debemos desalentarnos y temer que no tenemos Salvador, o que El no tiene pensamientos de misericordia hacia nosotros.  En este mismo momento está realizando su obra en nuestro favor, invitándonos a acudir a El, en nuestra 36  impotencia, y ser salvados.  Lo deshonramos con nuestra incredulidad.  Es asombroso cómo tratamos a nuestro mejor Amigo, cuán poca confianza depositamos en Aquel que puede salvarnos hasta lo sumo y que nos ha dado toda evidencia de su gran amor.

Mis hermanos, ¿esperan que sus nietos los recomendarán para recibir el favor de Dios, pensando que deben ser liberados del pecado antes de que confíen en su poder para salvar?  Si esta es la lucha que se efectúa en su mente, temo que no obtengan fortaleza y que al final se desanimen.

Miren y vivan

En el desierto, cuando el Señor permitió que serpientes venenosas atacaran a los israelitas rebeldes, se instruyó a Moisés que erigiera una serpiente de bronce y ordenara que todos los heridos la miraran y vivieran.  Pero muchos no vieron la utilidad de ese remedio indicado por el Cielo.  Los muertos y moribundos los rodeaban por doquiera, y sabían que sin la ayuda divina su muerte era cierta; mas lamentaban sus heridas, sus dolores, su muerte segura, hasta que se les acababan las fuerzas y sus ojos quedaban vidriosos, cuando podrían haber recibido una curación instantánea.

"Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así" también fue "el Hijo del Hombre... levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna"(Juan 3: 14, 15).  Si están conscientes de sus pecados, no dediquen todas sus facultades a lamentarse por ellos, sino miren y vivan.  Jesús es nuestro único Salvador, y aunque millones que necesitan ser curados rechacen su misericordia ofrecida, nadie que confía en sus méritos será abandonado para perecer.  Al paso que reconozcamos nuestra condición impotente sin Cristo, no debemos desanimarnos.  Debemos confiar en un Salvador crucificado 37 resucitado.  Pobre alma, enferma de pecado y desanimada, mira y vive.  Jesús ha empeñado su palabra; salvará a todos los que acuden a El.

Ven a Jesús, y recibe descanso y paz.  Ahora mismo puedes tener la bendición.  Satanás te sugiere que eres impotente y que no puedes bendecirte a ti mismo. Es verdad: eres impotente.  Pero exalta a Jesús delante de él: "Tengo un Salvador resucitado.  En El confío y El nunca permitirá que yo sea confundido.  Yo te invito en su nombre.  El es mi justicia y mi corona de regocijo".  En lo que respecta a esto, nadie piense que su caso es sin esperanza, pues no es así.  Quizá te parezca que eres pecador y que estás perdido, pero precisamente por eso necesitas un Salvador.  Si tienes pecados que confesar, no pierdas tiempo.  Los momentos sois de oro.  "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1: 9).  Serán saciados los que tienen hambre y sed de justicia, pues Jesús lo ha prometido.  ¡Precioso Salvador!  Sus brazos están abiertos para recibirnos, y su gran corazón de amor espera para bendecirnos.

Algunos parecen sentir que deben ser puestos a prueba y deben demostrar al Señor que se han reformado, antes de poder demandar sus bendiciones.  Sin embargo, esas queridas almas pueden pedir ahora mismo la bendición.  Deben tener la gracia de Cristo, el Espíritu de Cristo que les ayude en sus debilidades, o no podrán formar un carácter cristiano. Jesús anhela que vayamos a El tal como somos: pecadores, impotentes, desvalidos.

El arrepentimiento es un don de Dios

El arrepentimiento, tanto como el perdón, es el don de Dios por medio de Cristo.  Mediante la influencia del Espíritu Santo somos convencidos de pecado y sentimos nuestra necesidad de perdón. 38 Sólo los contritos son perdonados, pero es la gracia de Dios la que hace que se arrepienta el corazón.  El conoce todas nuestras debilidades y flaquezas, y nos ayudará.

Algunos que acuden a Dios mediante el arrepentimiento y la confesión, y creen que sus pecados han sido perdonados, no recurren, sin embargo, a las promesas de Dios como debieran.  No comprenden que Jesús es un Salvador siempre presente y no están listos para confiarle la custodia de su alma, descansando en El para que perfeccione la obra de la gracia comenzada en su corazón.  Al paso que piensan que se entregan a Dios, existe mucho de confianza propia.  Hay almas concienzudas que confían parcialmente en Dios y parcialmente en sí mismas.  No recurren a Dios para ser preservadas por su poder, sino que dependen de su vigilancia contra la tentación y de la realización de ciertos deberes para que Dios las acepte.  No hay victorias en esta clase de fe. Tales personas se esfuerzan en vano.  Sus almas están en un yugo continuo y no hallan descanso hasta que sus cargas son puestas a los pies de Jesús.

Se necesitan vigilancia constante y ferviente y amante devoción.  Pero ellas se presentan naturalmente cuando el alma es preservada por el poder de Dios, mediante la fe.  No podemos hacer nada, absolutamente nada para ganar el favor divino.  No debemos confiar en absoluto en nosotros mismos ni en nuestras buenas obras.  Sin embargo, cuando vamos a Cristo como seres falibles y pecaminosos, podemos hallar descanso en su amor.  Dios acepta a cada uno que acude a El confiando plenamente en los méritos de un Salvador crucificado.  El amor surge en el corazón.  Puede no haber un éxtasis de sentimientos, pero hay una confianza serena y permanente.  Toda carga se hace liviana, pues es fácil el yugo que impone Cristo.  El deber se convierte en 39 una delicia, y el sacrificio en un placer.  La senda que antes parecía envuelta en tinieblas se hace brillante con los rayos del Sol de Justicia.  Esto es caminar en la luz así como Cristo está en la luz. 40
 




  

 
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