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  14.El Hombre puede ser tan puro en su Esfera como Dios ...
 

 

 
Libros de Elena G de White

Fe y Obras


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14.El Hombre puede ser tan puro en su Esfera como Dios en la Suya:



"Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1 Juan 3: 2).  La herencia del pueblo de Dios se discierne por medio de la fe en la Palabra de Dios.  "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17: 3).

Mediante la fe los hijos de Dios obtienen un conocimiento de Cristo y acarician la esperanza de su aparición para juzgar al mundo con justicia, hasta que llega a ser una gloriosa expectación; porque entonces le verán tal como El es, y serán hechos semejantes a El, y estarán siempre con el Señor.  Los santos que duermen en sus tumbas serán entonces resucitados para recibir una gloriosa inmortalidad. Cuando llegue el día de la liberación, "entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia. . . entre el que sirve a Dios y el que no le sirve".  Cuando Cristo venga, será para ser admirado por todos los que creyeron, y los reinos de este mundo han de ser los reinos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Los que están esperando la manifestación de Cristo en las nubes del cielo con poder y gran gloria, como Rey de reyes y Señor de señores, mediante su vida y carácter procurarán representarlo ante el mundo.  "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Juan 3: 3). 119 Aborrecerán el pecado y la iniquidad, así como Cristo aborreció el pecado. Guardarán los mandamientos de Dios, como Cristo guardo los mandamientos de su Padre.  Comprenderán que no es suficiente asentir a las doctrinas de la verdad, sino que la verdad debe ser aplicada en el corazón y practicada en la vida, a fin de que los seguidores de Cristo puedan ser uno con El, y que los hombres puedan ser tan puros en su esferas como Dios lo es en la suya.

No solamente oidores, sino hacedores

En cada generación ha habido hombres que se han titulado hijos de Dios, que diezmaban la menta y el eneldo y el comino, y sin embargo llevaban una vida impía, porque pasaban por alto las cosas más importantes de la ley: la misericordia la justicia y el amor de Dios.

Muchos se hallan hoy en un engaño similar; porque mientras aparentan una gran santidad, no son hacedores de la Palabra de Dios. ¿Que puede hacerse para abrir los ojos de estas almas que se engañan a sí mismas, excepto establecer delante de ellas un ejemplo de piedad verdadera, y nosotros mismos, ser no solamente oidores sino hacedores de los mandamientos del Señor, reflejando así en su camino la luz de un carácter puro?

No como los mundanos

Los hijos de Dios no serán como los mundanos; porque la verdad recibida en el corazón será el medio de purificar el alma y de transformar el carácter  y de hacer que su receptor tenga el mismo parecer que Dios.  A menos que el hombre llegue a tener el mismo parecer que Dios, se halla aún en su depravación natural. 120

Si Cristo está en el corazón, se echará de ver en el hogar, en el taller, en el mercado, en la iglesia.  El poder de la verdad se manifestará elevando y ennobleciendo la mente, enterneciendo y subyugando el corazón, poniendo al hombre entero en armonía con Dios.  El que es transformado por la verdad esparcirá una luz en el mundo.  El que tiene la esperanza de Cristo se purificará a sí mismo, así como El es puro.  La esperanza de la aparición de Cristo es una gran esperanza, una esperanza de largo alcance.  Es la esperanza de ver al Rey en su hermosura y de ser hechos semejantes a El.

Cuando venga Cristo, la tierra temblará delante de El, y los cielos se enrollarán como un pergamino, y todo monte y toda isla se removerá de su lugar.  "Vendrá nuestro Dios, y no callará; Fuego consumirá delante de él, y tempestad poderosa le rodeará.  Convocará a los cielos de arriba, y a la tierra, para juzgar a su pueblo.  Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio.  Y los cielos declararán su justicia, porque Dios es el juez" (Sal. 50: 3-6).  En vista del gran día de Dios, podemos ver que nuestra única seguridad se hallará en apartarse de todo pecado e iniquidad.  Los que continúan en el pecado se encontrarán entre los que son condenados y perecen.

El destino de los transgresores

Juan vio el destino de los que escogen el sendero de la transgresión: "Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?"  (Apoc. 6: 15-17). 121

Un destino terrible aguarda al pecador, y por lo tanto es necesario que sepamos qué es el pecado, a fin de que podamos escapar de su poder.  Juan dice: "Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley"  (1 Juan 3: 4).  Aquí tenemos la verdadera definición de pecado; es "infracción de la ley".  Cuán a menudo el pecador es instado a abandonar sus pecados y acudir a Jesús; pero, el mensajero que debería conducirlo a Cristo ¿le ha señalado claramente el camino? ¿Le ha señalado claramente el hecho de que "el pecado es infracción de la ley", y de que debe arrepentirse y dejar de quebrantar los mandamientos de Dios?

Dios no podía alterar una jota ni una tilde de su santa ley a fin de ir al encuentro del hombre en su condición caída; porque esto habría producido descrédito sobre la sabiduría de Dios al hacer una ley por la cual habían de gobernarse el cielo y la tierra.  Pero Dios podía dar a su Hijo unigénito para que llegará a ser el Sustituto y Garante del hombre, para que sufriera la penalidad que merecía el transgresor y para que impartiera al alma penitente su perfecta justicia.  Cristo vino a ser el sacrificio inmaculado en favor de una raza caída, convirtiendo a los hombres en prisioneros de esperanza, de manera que, mediante el arrepentimiento ante Dios por haber quebrantado su santa ley, y por medio de la fe en Cristo como su Sustituto, Garante y Justicia, pudieran ser traídos de vuelta a la lealtad a Dios y a la obediencia a su santa ley.

La justicia de Cristo hace posible la obediencia

Era imposible que el pecador guardara la ley de Dios, que era santa, justa y buena; pero esta imposibilidad fue eliminada por la imputación de la justicia de Cristo al alma arrepentida y creyente. La vida y 122 muerte de Cristo en beneficio del hombre pecador tuvieron el propósito de restaurarlo al favor de Dios, impartiéndole la justicia que satisfacía los requerimientos de la ley y hallaría aceptación ante el Padre.

Pero siempre es el propósito de Satanás invalidar la ley de Dios y tergiversar el verdadero significado del plan de salvación. En consecuencia, ha originado la falsedad de que el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario tenía el propósito de liberar a los hombres de la obligación de guardar los mandamientos de Dios. Ha introducido en el mundo el engaño de que Dios ha abolido su constitución, desechado su norma moral, y anulado su ley santa y perfecta.  Si El hubiera hecho esto, ¡qué terrible precio habría pagado el Cielo!  En vez de proclamar la abolición de la ley, la cruz del Calvario proclama con sonido de trueno su inmutabilidad y carácter eterno.  Si la ley hubiera podido ser abolida, y mantenido el gobierno del cielo y la tierra y los innumerables mundos de Dios, Cristo no habría necesitado morir.  La muerte de Cristo iba a resolver para siempre el interrogante acerca de la validez de la ley de Jehová.  Habiendo sufrido la completa penalidad por un mundo culpable, Jesús se constituyo en el Mediador entre Dios y el hombre, a fin de restaurar para el alma penitente el favor de Dios al proporcionarle la gracia de guardar la ley del Altísimo.  Cristo no vino a abrogar la ley o los profetas, sino a cumplirlos hasta en la última letra.  La expiación del Calvario vindicó la ley de Dios como santa, justa y verdadera, no solamente ante el mundo caído sino también ante el cielo y ante los mundos no caídos.  Cristo vino a magnificar la ley y engrandecerla. 123
 




  

 
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